sábado, 15 de noviembre de 2008

Cómic


El Valle de la Libertad, de Victor de la Serna

En Laciana es muy conocida la expresión de "Laciana, Valle de la Libertad". Pero, ¿de dónde viene ésta expresión?. A continuación mostramos el artículo de Víctor de la Serna, tal y como se publicó en la revista El Calecho en su nº11 (1985/86), reedición a su vez del original del 4 de Agosto de 1953 publicado en el Diario ABC de Madrid:

"Entre el Valle de Babia, que dejamos a nuestra espalda y el Valle de Laciana, hacia el que vamos, apenas ocurre accidente orográfico importante. Las ondulaciones de la subcordillera cántabro-astur son un poco más turgentes, la vegetación arbórea disminuye un poco, hay una ligera soledad y, de pronto, lo que ocurre es que cambia el sistema hidrográfico. En un espacio de unos hectómetros hemos pasado de ver el río Luna recién nacido en un hilillo que corre entre "nomeolvides" a ver el río Sil, que también nace. Hemos pasado de la cuenca del Duero a la cuenca del Miño.

Hemos entrado en el Valle de la Libertad. Y se entra a él por frente al Otero de las Muelas, un castro que apenas se percibe desde la carretera, hacia la izquierda. Es un castro que fue habitáculo de una "gens" astúrida, un grupo de hombres y de mujeres que para avanzar con sus hijos y sus animales hacia tierras más benignas, luchando contra fieras, contra una naturaleza tremebunda y contra otros hombres y otras mujeres afines o extraños, más fuertes que ellos, tenían que "encastrarse" y pasar entre unos muros toscos, en unas viviendas elementales, años y años, tal vez renovándose las generaciones en el mismo lugar durante siglos. Juanín Uría (para sus condiscípulos de hace años siempre será llamado así don Juan Uría, catedrático de la Universidad de Oviedo, y el hombre que sabe más de estas cosas de España) ha explorado golosamente el Otero de las Muelas, probablemente asolado y luego utilizado por los romanos como puesto militar en el paso hacia la comarca del Bierzo, Eldorado del César.

El paso del hombre tiene siempre, para quien no haya arriado la sensibilidad, una enternecedora versión. El secretario del Ayuntamiento de Laciana, un raro y extraordinario ser de quien se hablará, me enseña, con ternura de joven patriarca, las muelas de piedra para moler... ¿qué cosa? Lo más, centeno o escanda, cereales pobres, para el pan negro; tal vez, cebada, para la levadura de la cerveza, la bebida de nuestros abuelos (claro que también la beida de la glorieta de Bilbao y de los dividendos de las fábricas de hoy, que Dios conserve por igual, los dividendos y la glorieta). Pero lo más probable es que con estas muelas (el cerro toma de ellas su nombre) se molió bellota de roble para el hambre feroz de la tribu.

Pero yo me he quedado un rato con un breve instrumento de hierro entre los dedos. Un instrumento universal, eterno, que nace tal vez en las manos de Eva y que me hizo temblar y me puso en pie indecibles sentimientos pueriles, inefables ternuras de varón hijo de algo: era un ganchillo de hacer punto. Una mujer, una pobre y elemental mujer madre de un niño o esposa de un cazador manejó, hace miles, miles de años este punzón, este ganchillo que aún no ha cambiado de forma, que es igual, exactamente igual a ese que tú manejas, lectora, y que del corazón de aquella mujer hasta su punta redondeada llevó ilusiones idénticas a las que van de tu corazón, por el mismo camino, en la misma escala sentimental, a la punta del tuyo. Tú eres cien veces nieta de ella, eres como ella, aunque los hombres hayamos hecho, al través de tantos siglos, tantas cosas para que tú seas más hermosa. Pero no más mujer.

Sigamos compañero, que estas cosas acaban por pegar al terreno mucho y también podemos "encastrarnos".

La capital histórica del Valle de Laciana, es San Mamés de las Rozas donde aún se alzan los restos de la casa fuerte, hidalga y brava de los García Buelta, los caudillos de la libertad lacianiega.

Por el Norte, el Valle está guardado por las rupestres murallas de que sus torres la collada de Cerredo, el Cueto de Arbás, Peña Rubia y Peña Ubiña. Por el Sur, cierran le valle unas montañas más blandas y boscosas, donde abunda el haya, el abedul -de tronco como de hueso bruñido-, el avellano, el piorno y hasta el tejo (viejo y casi desaparecido monarca de la floresta cantábrica). El pueblo más importante del Valle es hoy Villablino, (atención a casa de Martiecho, buena cocina, un dos estrellas por lo menos). Villablino, meca de la Ilustración de la Montaña Leonesa, conserva su empaque académico rodeado de brañas y minas.

La braña y la mina son los polos sobre los que la vida de Laciana gira. La braña es la pradería natural, fresca todo el año, de un verde esmaltado y brillante cuando las praderías del valle están secas y cuando todos los pastizales de España son como de alambre. A la braña vienen a pastar ganados de Extremadura, de la Serena, de la Alcudia, los grandes invernaderos de la merina española, "totem" nutricio de la hispana gente. Las cabañas famosas de la condesa de Bornos, del Conde de la Oliva, de la Condesa de Castelar, de Antonio Pérez Tabernero, de los hidalgos de la Sena, del conde de Campos de Orellana, suben todos los años a engordar las brañas lacianiegas. He saludado a los mayorales, que son mis amigos, mis viejos conocidos de otros caminos, noble gente, hospitalaria después de que vencido el recelo que les ha nacido de tanto tratar hombres y lobos. Puede ser que ese mastín con la voz de trompa de caza me haya conocido. El debe de decir: "Esta casta de tipo le he visto yo en algún sitio y no hace daño" (Y es verdad, hermano mastín: no hago daño).

En las Ordenanzas del Concejo Real de Laciana, se prevén normas para la conservación de la pureza de sangre de estos perrazos, un poco lanudos, parecidos al mastín del Pirineo aragonés. Los "cuzcos" tienen que ser exterminados y solo se conservan los ejemplares hermosos.

La braña da todavía de vivir al lacianiego: entre San Glorio y Somiedo, a todo lo largo del condal astur-leonés, pastan unas 700.000 cabezas de ganado. Cada una paga -una con otra- a los pueblos propietarios de la braña, unas 40 pesetas. (Echa cuentas, compañero; y si no salen veintiocho millones de pesetas, es que tenía razón el profesor Mataix: ni tú ni yo servimos para ingenieros.¡Mira tú que suerte para la ingeniería española!).

Se conservan aún restos de los intentos feudalistas del conde de Luna en la existencia de los llamados "aros de vecera arriba", es decir, la parte más alta de las brañas, la coronilla, que por una increíble persistencia todavía constituyen una fuente de ingresos para unos señores que ya nada tiene que ver con los Condes de Luna, y que son sucesores de antiguos compradores al conde del discutible derecho a los "aros". En estética histórica, la cosa es bonita. Pero debiera ser meramente honorífica, ¿no cree usted, querido ministro de Agricultura?.

La mina fue aquí, hace siglos, la mina de oro. El Silo, como el Órbigo, arrastran oro. Sabe Dios cuantos millares de vida de esclavos cantábricos han costado las explotaciones auríferas de los ríos de la cuenca del Sil en manos de los romanos, ávida gente, que nos transmitió todos los ensueños de Eldorado y que, como nosotros, andaba por el mundo en pos de la cultura y el Derecho, por un lado, y en pos de lo que brilla con más mortales, pero con más fascinadores fulgores, por otro. Aún quedan las trágicas oquedades de las Médulas, los canales de desagüe, las galerías, las escombreras que dan idea de la agitación humana que pobló éstas montañas y las montañas del Bierzo hace muchos siglos, y que fueron anuncio de la agitación que en torno al oro negro, el señor carbón, las puebla ahora. Solamente en Villablino, hay más de 5.000 obreros, con sus capataces, ayudantes, ingenieros, administradores, que le dan a la población y al valle, en un medio tan idílico como el de las brañas, la versión moderna, un poco de Alaska pequeña, con sus cantinas, sus almacenes, sus salas de fiestas y sus mocetones duchados a las siete de la tarde, cuando la carretera esla Vía de la Ilusión para las mocitas.

Pero hablemos del "otro" Villablnio, el más curioso y extraño, el Villablino de la Ilustración. En la plaza del pueblo, una fuente mana agua clara. Tiene el nombre de Sierra-Pambley en el frontón. ¡Ay quien tuviera unos millares de fuentes como esta en la acalorada España! ¡Ay, compañero, quién las tuviera, para saciar la sed de éstas criaturas...! ¿Te acuerdas de los cinco hermanos pescadores de los Ojos del Guadiana? Sólo uno sabía leer un poco.-" Víctor de la Serna

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Los castros "celtas y romanos"

Hoy la Crónica recoge una noticia sobre el Proyecto de Excavación Arqueológica y Puesta en Valor de los Castros en Laciana. Si bien la noticia es bien recibida por quien ésto escribe, a pesar del tiempo que ha costado que se pusiese en marcha el proyecto, creo que hay un par de detalles que debemos aclarar.
Hablar de Castros Celtas y Romanos como punto de partida no es el mejor modo de acercar a la gente un proyecto que pretende ofrecer a los ciudadanos una visión clara sobre aquella época, y lo digo porque mal empezamos si utilizamos mal los términos. No se puede hablar de Castros Celtas (a pesar de lo extendido de la denominación), porque la investigación actual ha dejado atrás (salvo para unos pocos) la denominación "celta", para hablar de una Cultura Castreña, compuesta por un gran número de pueblos. En éste caso, y para ser exactos, se trataría de castros astures, concretamente de la tribu de los pésicos o paesicos. Hablamos de "Cultura Castreña", porque el Castro, es decir, el poblado fortificado, es el elemento aglutinador y común a toda la cultura, que a la vez presenta ciertas diferencias en su cultura material: cerámica, orfebrería, adornos,... así como posiblemente en sus costumbres, a pesar de contar con una serie de elementos culturales comunes. Por tanto, espero que quede claro que los únicos "Celtas" que han pisado Laciana son los "Celtas Cortos" cuando dieron su concierto en San Roque. Para hablar con propiedad, hablemos de Cultura Castreña y Castros Astures, que los lacianiegos tienen derecho a conocer su historia tal cual fue.
Por otro lado, los "castros romanos" responden a un fenómeno, la Romanización, en la que Roma, tras la conquista, ejerce una influencia cultural sobre los antiguos castros, a través de la adopción del latín, la incorporación de instituciones romanas, reorganización del territorio, influencia cultural y material (nuevos tipos de cerámica, casas cuadrangulares,...). También hay que tener en cuenta que Roma, en su búsqueda de minerales, realiza un reaprovechamiento e incluso fundación de castros mineros, ubicados en zonas de explotación minera, no solo de oro, sino de hierro, cobre, estaño,... Este tipo de castros han sido estudiados por Sanchez-Palencia, entre otros, en la zona de las Médulas. Laciana posee restos de minería romana de canales, por lo que es lógico pensar que gran parte de éste tipo de asentamientos responda a la presencia de una explotación minera por parte de los romanos, asentados en estos castros.
Por tanto, tenemos una población astur y una llegada de influencia romana, que cubren varios siglos de habitantes de Laciana, y que posteriormente, tras la reordenación urbana de los castros y la necesidad de asentar las poblaciones en los valles, daría lugar a poblaciones tardorromanas, villas, poblados altomedievales,... Pero eso es harina de otro costal.
Sin más, saludar la llegada de éste interesante proyecto y esperar que su desarrollo no se demore tanto como su puesta en marcha. Un saludo paésico

domingo, 9 de noviembre de 2008

Leyenda de D.Alvaro Buelta, Caballero de Laciana. Parte IV

... "E fue voluntad de Dios que el Rey firmara aquel Viernes Santo que llaman de Indulgencia, que fue a veinte e siete dias de marzo, año del nascimiento de Nuestro Señor Jesu Cristo de Mil e Trescientos e Cincuenta.
E fue hecho por el rey Don Alfonso muy grand llanto de todos los suyos e muy grand sentimiento de la su muerte, e con razón, ca es verdad que fuera muy honrada en su tiempo la corona de Castilla e de León por él".

El cadáver del rey partió, a hombros de una gran comitiva, camino de Sevilla. El nuevo Capitán (Don Gonzalo Martínez de Oviedo había sido ejecutado tiempo atrás) ordenó que el campamento real quedase sosegado y nadie partiese de allí en tanto no se ordenase lo contrario. Y los moros que estaban en la villa de Gibraltar, salieron fuera y estuvieron muy quedos, no consintiendo que nadie saliera a pelear. Solo miraron cómo partían los cristianos y dijeron entre sí que, aquél dia había muerto un noble rey, un gran Príncipe del Mundo gracias al cual no sólo los cristianos fueron honrados, sino que también lo fueron los caballeros moros que contra él lucharon.
Aquel mismo año, Alvaro Buelta retornó a las montañas de León. Casó con una doncella de Orallo, hija única, con la cual tuvo tres hijos y tres hijas.
En la fachada de su casa plantó un escudo de piedra donde se veía un cielo estrellado y, debajo, un río y un puente. Y, sobre el puente, un letrero que, de derecha a izquierda rezaba: "Buelta, Buelta".

Desde entonces, sus herederos conservaron el apellido Buelta otorgado por el rey Don Alfonso el Onceno.
Entre el linaje de aquel primer Buelta legendario, hubo gente de todo tipo y condición. Algunos Buelta honraron grandemente al Concejo de Laciana, siendo jueces del mismo. Otros, sin embargo, vendieron estas tierras a los ambiciosos condes de Luna. Pero esas ya son historias para mejor ocasión.
Este relato está basado en la "Crónica del Rey Don Pedro", del Canciller Pedro López de Ayala. Todos los personajes, lugares y acontecimientos son rigurosamente históricos, a excepción de su protagonista, de quien sólo se conoce una leyenda jamás ubicada.

Publicado en "El Calecho" nº2 Otoño de 1983

Laciana: Patrimonio Cultural y Natural

sábado, 8 de noviembre de 2008

Centro de Recuperación de Especies El Soto

Este video pretende explicar la labor desarrollada en Laciana por éste importante centro, que acerca la naturaleza a las personas. Dedicaremos algún video más, creados por rinconesdelaciana.es, para difundir la importante labor de éstos fenómenos y para acercar la riqueza natural de Laciana a todos aquellos que aún no la conozcan.

Laciana tren minero 1919

Laciana paraiso por descubrir

Leyenda de D.Alvaro Buelta, Caballero de Laciana. Parte III

...Los jinetes, legados de Don Gonzalo Martínez de Oviedo, nombrado Maestre de Alcántara y Capitán del Rey en Andalucía, traían importantes nuevas para los hombres de Laciana. El juez del Concejo recibía orden de atender, una vez más, al tributo de hueste. El MAestre de Alcántara, acometía la urgente organización de un poderoso ejército que, en breve, habría de partir camino de la lejana Andalucía.
El día nueve de septiembre, al amanecer, apenas extinguido el jolgorio de la romería en Rabanal, Alvaro de Lorenzana, con veintiséis hombres más, marchaba en ruta hacia Aguasmestas de Omaña. Al mediodía, en este mismo lugar, se le unían los hombres de Ribasdesil tras haber franqueado la montaña de Salientes, para caer al Vallegordo.
Al declinar la tarde, en Canales, un fuerte contingente de asturianos de Teverga,Somiedo y Cangas de Tineo aguardaba para hacer noche. El día diez de septiembre, en Coyanza, Don Gonzalo MArtínez de Oviedo se ponía al frente de una tropa formada por cuatro mil hombres de a caballo.
Durante las semanas que siguieron tuvo lugar una larga y durísima marcha por los campos de Villalpando, Tordesillas, MEdina, Piedrahita, Talavera, los Montes de Toledo, Herrera, la Puebla de Alcocer, Hinojosa, Córdoba, Morón, Olvera, Grazalema y Medina Sidonia.
Al pie de ésta última fortaleza y sin dar tiempo a un respiro, el Capitán del Rey tuvo noticia de que el Infante Picazo, hijo del Rey Abulhacén de Fez, llamado Abomelic, había cruzado el estrecho de Gibraltar, al frente de ocho mil caballeros moros, dirigiéndose contra la Villa de Algeciras.
Sin dilación, las tropas de don Gonzalo Martínez salieron a cortar el camino. El encuentro tuvo lugar, con sol en lo alto, junto a las márgenes del río que llaman Guadalmesí.
Era este día el martes, veinte de octubre, del año mil trescientos treinta y nueve.
Se entabló un combate fiero, sanguinario.
Al comienzo, las tropas castellanas empujaron al infiel contra la orilla derecha del río, cuyas aguas se tiñeron de rojo.
Pero, más tarde, las tropas de Picazo se rehicieron tomando la iniciativa en la batalla. Docenas, centenares de malheridos y muertos sembraron la planicie. Los cristianos se vieron perdidos y cedieron terreno alarmantemente, hasta terminar huyendo, en franca desbandada, agolpándose, cayendo, aplastándose a la boca del puente. Los caballeros moros, embravecidos, cazaban por la espalda a un enemigo presa de pánico y en alocada fuga.
Fue entonces, en aquel momento crítico, cuando ocurrió lo inexplicable. Súbitamente, sobre las maderas de aquel puente atiborrado de jinetes despavoridos e infantes desesperados, se adentró el joven Alvaro de Lorenzana, blandiendo espada y pendón en lo alto del caballo, lanzando a contracorriente, hacia el mismo corzón del enemigo y gritando hasta desgañitarse:

Y la riada cristiana frenó, estupefacta, ante aquel gesto de temeraria valentía. Tras Alvaro retornaron unos pocos. Y, luego, más y más soldados castellanos. Todos los hombres del rey Alonso que aun podían mantenerse en pie, cargaron contra la hueste de Picazo. Comenzó a tambalearse el fiel de la balanza. El ejército moro quedó desconcertado. Rojas bajaban las aguas y rojo se tornaba el cielo de poniente cuando, al oscurecer, el hijo de Abomelic era capturado por aquel valiente desconocido, Alvaro de Lorenzana, artífice principal de una de las más notables gestas que conoció el reinado de Alfonso el Onceno.
En aquella batalla, junto al río Guadalmesí, centenares de soldados perdieron la vida, y entre ellos, todos los hombres de una aldea de las montañas de Somiedo: el Villar de Pigüeña que, desde entonces, se llamó el Villar de las Viudas o Villar de Vildas.
Tres semanas transcurridas desde el combate, el MAestre de Alcántara fue reclamado por el Rey, a la sazón residente en la fortaleza de Olvera. Alvaro de Lorenzana había de acompañar al Capitán de Andalucía.
El soldado lacianiego, rodilla en tierra, recibió sobre sus hombros las manos del monarca y escuchó, conmovido, las siguientes palabras: Gracias, Alvaro de Lorenzana. Gracias, caballero Don Alvaro Buelta. La Corona de Castilla y de León os estará eternamente agradecida.
La mañana del Viernes Santo del año de Mil Trescientos Cincuenta, Alvaro de Lorenzana vuelve la mirada y deja atrás las aguas de la bahía de Algeciras.
Llena el espacio el tañido fúnebre de una campana...

viernes, 7 de noviembre de 2008

Leyenda de D.Alvaro Buelta, Caballero de Laciana. Parte II

...Pero, en la noche del Jueves Santo, como viene ocurriendo desde otras muchas noches precedentes, entre las tiendas del campamento cristiano se deslizan las sombras de la muerte.
La Luna está cercada de un halo misterioso que presagia terribles acontecimientos.
Aúllan los perros a la orilla del río. Un viento gélido desciende desde las sierras de Almenara y del Arco. Nadie duerme.
Grupos de soldados se acurrucan a la vera de fogatas mortecinas. Apenas se encuentra leña para la lumbre. Toda se ha consumido en los centenares de hogueras donde, cada día, arden las ropas de docenas y docenas de soldados que fallecen sin cesar. La peste negra asola la costa andaluza. En esta noche de Jueves Santo, la guardia real ha evacuado los alrededores de la tienda principal. Sin embargo, a su puerta se observa un gran nerviosismo. Desde le interior transluce una lámpara y se mueven las sombras.
A tan solo veinte pasos, medio oculto por la oscuridad y el silencio, un caballero solitario parece vigilar atentamente.
Se mantiene en pie desde hace horas. No siente el frío. Su cabeza se halla descubierta. El viento agita el cabello rubio y lacio. Su cuerpo es fuerte, de mediana estatura. A pesar de la piel envejecida que los circunda, los ojos delatan una edad próxima a la treintena. A menudo parece fruncir el ceño, más aún, mientras intenta captar algún retazo de conversaciones furtivas que los visitantes, notoriamente contrariados, apesadumbrados, intercambian en voz baja a la puerta de la tienda real.
A lo largo de la noche puede distinguir algunos personajes. Condes, Maestres, Obspos y Caballeros. Cerca del amanecer acude, precipitadamente, el infante Don Fernando seguido de Don Juan Núñez de LAra, Señor de Villena. Sale Don Juan Alfonso, Señor de Alburquerque, acompañado de dos físicos moros.
Ya desde hace algunas fechas, todo el mundo aconseja al Rey que parta lejos de este lugar de Gibraltar, sembrado de pestilencia, donde han muerto y mueren, cada día, muchas compañas. Pero el Rey se niega a dar oído a los consejos y puensa que sería una gran vergüenza dejar, por miedo a la muerte, una fortaleza que está a pundo de rendirse.
Cuando ya, por el este, el espacio se aclara, el joven y misterioso caballero que permanece agazapado en las sombras, ha visto confirmarse el fatal rumor que recorre el campamento desde las últimas horas. El Rey Don Alfonso ha contraido un tumor. Los físicos moros y cristianos luchan, denotadamente, en contra de una situación desesperada.
Alvaro de Lorenzana, que así se llama el caballero solitario, lleva muchas horas sin probar bocado ni conciliar el sueño. Se aleja lentamente de la tienda real, arrastrando los pies sobre el rocío, con los ojos humedecidos y la vista perdida enla lejanía del mar. Monta en su caballo y se aproxima hasta la arena. Sobre las aguas un sol rojo, sangriento, comienza a levantarse entre la bruma. Y Alvaro de Lorenzana, ensimismado, recuerda aquel último verano de su juventud. Era un atardecer sereno en las montañas de Asturias y León. El lunes, veinticuatro de agosto del año mil trescientos treinta y nueve, tras que los cielos descargaran una potentísima tormenta, el arco iris se apoyaba en las murallas del Valle, a través de una atmósfera transparente y reposada.
Alvaro de Lorenzana, hijo segundo, de diecinueve años, descendía por la falta occidental del Muxiven, acompañado de algunos criados de la casa paterna. Llevaba consigo doce corderos lechales nacidos en aquella lejana majada, perdida en los últimos altos de Tsumachu y a la que los pastores moros llamaron "Almust-arab" o almuzara, que quiere decir "la arbizada".
Al poco, más allá del río, por bajo de Robles, sobre el empinado camino que remonta a Carrasconte, se escuchaba el gemir de unos cuantos carros que partieran, rato atrás, desde un lugar del mercado en Villablino. En sentido contrario veíanse descender, cabalgando, cinco hombres agrupados. Ya cerca del Río Oscuro, donde se unen los caminos, Alvaro de Lorenzana alcanzó a los jinetes forasteros.
En aquel instante llegaron a su fin los años felices y despreocupados de la juventud. Tocó , para Álvaro de Lorenzana, la hora de hacerse hombre.

Continuará....

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Leyenda de D. Álvaro Buelta, Caballero de Laciana. Parte I

En Otoño de 1983, la revista lacianiega "El Calecho", en su nº2, publicaba un artículo que recogía algunos aspectos sobre la leyenda del caballero D. Alvaro Buelta, que aquí reproducimos.

Año de nuestro Señor de Mil Trescientos Cincuenta.
Fronteras de Andalucía. En la margen izquierda del río que llaman Guadarranque, muy cerca de su desembocadura, sobre la planicie que el mar limita por el sur, se levanta un campamento de tropas cristianas.
Al sudeste, la luna enciende destellos en las líneas de espuma que surcan la bahía de Algeciras. Más allá de las aguas, a lo lejos, se recorta la silueta del peñón fortificado al que las tropas castellanas y leonesas han puesto cerco.
Esa roca de aspecto siniestro fue el primer lugar donde, en tiempos del rey Don Rodrigo, plantó sus pies el moro Tarif Abenceid, después de cruzar el estrecho, para comenzar la conquista de España.
Ahora, transcurridos más de seiscientos años, los ejércitos de Castilla y León no están lejos de alcanzar la total reconquista de la península.
El muy alto príncipe y muy noble caballero, Rey Don Alfonso el Onceno, que así hubo de nombre entre los reyes que reinaron en Castilla y en León, ha ganado ya Alcalá la Real, Teba, Priego, Olvera, Cañete, Aymonte, Pruna, Matrera, la Torre del Alhaquí, Carcabuey, Rute, Zambra, Castellar y la Torre de Cartagena. Y también ha tomado la plaza de Algeciras, después de veinte duros meses de asedio. La Peña de Gibraltar, a la que los moros llaman de Gebel Tarif o Montaña de Tarif, también había sido reconquistada tiempo atrás y confiada su custodia a don Vasco Pérez de Meyra. Pero, en el año de mil trescientos treinta y tres, corriento tiempos de tregua, ocurre una derrota vergonzosa. Los cristianos que guardan Gibraltar se abastecen de pan blanco llegado de Castilla y Vasco Pérez de Meyra, vende parte de él a los moros a cambio de un gran precio de oro. Un día, creyendo Meyra que tiene bien seguro el aprovisionamiento, comercia con todo el pan que hay en la plaza. Enterados los moros de que en Gibraltar no queda trigo, ponen cerco a la fortaleza. Cuando el rey Don Alfonso tiene conocimiento de ello, acued presto a socorrerla desde Castilla. Mas nada puede hacer pues la encuentra entrada y, aunque la asedia, no la consigue recuperar.
Desde entonces, aflige el corazón del rey lo que él considera su mayor mancilla: el haber perdido la Villa de Gibraltar.
Y ahora, al fin, cuando corre la Semana Santa del año Mil Trescientos Cincuenta, los cristianos se encuentran a las puertas de Gibraltar una vez más...
Continuará......

domingo, 2 de noviembre de 2008

El Filandón


El Filandón era una reunión de los vecinos del pueblo durante las largas noches invernales en alguna cocina del pueblo, al calor de la lumbre. Se trata de una de las más bellas costumbres de ésta zona, que en la sociedad desarraigada actual está en desuso. En aquellas reuniones, se contaban historias de diverso tipo: leyendas, cuentos, sucesos trágicos, anécdotas,... Muchas de aquellas leyendas han sido recogidas por autores como Eva González, en patsuezo. Por ello, innauguramos una nueva sección, "Historias del Filandón", para recoger algunas de ellas dentro de las Costumbres de Laciana.

Ahí va un fragmento de una de ellas, que sacamos del libro "Vivir en el Alto Sil", de Luis Frechilla:


Pasóu-tsy esto a la mia madre,

cuandu quince anos contaba.

Xubíu por Braña de Cabu

a buscare las suas vacas.


Xubía con muita priesa

porque la tarde finaba.

Atopóuse cona osa

ya al vela quedóuse quieta

ya tiesa comu una estaca.


Amiróu pa etsa la osa,

que tamién taba pasmada,

cuandu cansóu d'amirala

pola senda etsa marchaba.


Pero los probes osinos

cona madre nun marchaban,

quedaban empaponaos

viendo aquetsa cousa estraña.


Entoncias berróu la osa

ya berróu con muita ansia.

Oyénonla los osinos

ya corrieron pa la osa

olvidanon la rapaza

ya dexanon de mirala.


¡Muitu sustu tsevóu etsa!

Sin buscare las suas vacas

cochiu pol monte umbaxu

ya chegóu a las cabanas.


Las brañeras qu'aitsí taban

al vela escolorida

preguntánon-tsy con ansia:

"Qué te pasóu infeliz,

a tí qué diaños te pasa".


Entoncias la brañeirina

entamóu una gran chorrada.

Choróu tantu ya tan fondu

que todas las outras pasman.


Desde aquetsa nun van solas

al altu a buscar las vacas.

Van dúas, ya dando voces

ou cantando una tonada.


El osu yía mui miedosu

ya cuandu tien miedu ataca.

Pero si escuita un ruidín

por cualquiera broucia escapa.